Los servicios ecosistémicos son las contribuciones directas o indirectas de los ecosistemas al bienestar humano” (TEEB, 2010).
Los dividimos en 4 tipos:
Servicios de aprovisionamiento: son aquellos obtenidos de los ecosistemas. Por ejemplo: agua, alimentos, energía renovable, etc.
Servicios de regulación: proporcionan beneficios obtenidos de la regulación de los procesos ecosistémicos. Destacan, entre otros, la regulación climática, la calidad del aire, el control de la erosión, la fertilidad y la polinización.
Servicios culturales: son beneficios no materiales obtenidos de los ecosistemas tales como actividades recreativas, disfrute estético y educación ambiental.
Servicios de soporte: aquellos necesarios para la producción de otros servicios de los ecosistemas, tales como formación de suelos que apoya el servicio de aprovisionamiento de alimentos, reciclaje de nutrientes que sostiene la fertilidad del suelo y la productividad agrícola, producción primaria que aporta materia orgánica y energía, etc.

Tal como se detalla en la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, la naturaleza contribuye al bienestar humano a través de los servicios ecosistémicos. Esta figura muestra cómo los beneficios que obtenemos de los ecosistemas están estrechamente relacionados con nuestra calidad de vida.
La intensidad de esta relación puede variar según las características de cada ecosistema y el contexto social y económico en el que se encuentra la población. Además, factores como la tecnología, las infraestructuras o la capacidad económica pueden modificar nuestra dependencia de determinados servicios ecosistémicos. Por ejemplo, cuando un servicio se degrada, en algunos casos puede sustituirse parcialmente mediante soluciones tecnológicas o inversiones económicas, aunque estas alternativas suelen tener costes y no siempre pueden reemplazar completamente las funciones que desempeña la naturaleza.
El bienestar humano tampoco depende exclusivamente de los ecosistemas, sino también de factores económicos, sociales, culturales e institucionales. Sin embargo, existe una relación bidireccional: las decisiones y actividades humanas influyen directamente sobre los ecosistemas, afectando su capacidad para seguir proporcionando los beneficios de los que dependen las personas y las comunidades.